En la Carta del Apóstol Pablo a los Colosenses, nos van configurando al Reino del Hijo de Dios.
Los primeros cristianos, se reunían para comer, celebrar la Cena del Señor, para hacer vida con sus vidas la Escritura, ponían todo al servicio del otro.
Ésto nos tiene que preguntarnos si somos coherentes con lo que creemos, pensamos y actuamos. Las primeras comunidades cristianas eran una familia, había unión entre los miembros, había más consciencia de Jesús de difundir su mensaje con ganas y sin miedo.
Pensemos cada uno, que aportamos a la comunidad, si somos coherentes y si somos ejemplo de unidad, familia y coherencia Evangélica. Si sale una respuesta “negativa”, mejor pararnos y ver que estamos haciendo mal a nivel individual.
En el Evangelio de Lucas, se nos narra la crucifixión del Señor. Nos paramos en el letrero “Rey de los Judios”, y en el buen ladrón, que le hace una confesión de fe.
Vemos a Jesús colgado de un madero que es rechazado, humillado, y por sus seguidores, es como si todo hubiera sido un fracaso, un error.
Ellos tenían una imagen de Dios que Jesús no representaba. Jesús para ellos quedó como un “fracaso”.
El problema, no es de Jesús, es de ellos. Ellos esperaban un Rey que les sacara de todos sus problemas. Un Rey que estuviera con la espada en mano, con ejército, que ganara en las batallas… Ellos esperaban a un rey mundano.
No se dan cuenta, que Dios estaba acompañado a Jesús en la Cruz. Dios actúa sin que nosotros le veamos, de una forma silenciosa. Estamos acostumbrados a funcionar en el aquí y el ahora, y Dios no juega igual.
Jesús se hace Rey en la Cruz para salvarnos. Nos dona lo más preciado que tiene: su vida, y nos salva con el mismo. Alomejor nosotros pensamos como aquellos que estaban viendo a Jesús en la hora del sufrimiento, o a veces pensaremos… Pero, Jesús se hace grande en la Cruz.
Jesús en Dios, salva a la creación, implanta su Reinado. La cuestión es si nosotros queremos ser y estamos dispuestos a seguirle hasta las últimas consecuencias.
Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a ser más coherentes con nuestra vida de Fe.
Seamos coherentes con lo que creemos, y veamos en los demás, el rostro de Dios Misericordia.
Que así sea.
Fray José Borja.
Liturgia de las Horas como lectura para la solemnidad de Cristo Rey (Sobre la oración, cp. 25).
«Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio: Vendremos a él y haremos morada en él.
«Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.
«Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.
«Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu. De este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que y en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.
«Todo ésto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible, debe vestirse de santidad y de incorrupción, y este nuestro ser, mortal, debe revestirse de la inmortalidad del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección».
Amén, amén, amén.




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