Amor en acción (II Parte). Orden De San Benito Charles Travis David Scott Bishop Robert Pedro Rivera Ileana Morales Ibis Guerrero Maria Lorena Eden-Sobalvarro Mariledy Alonso Maria Eugenia Coca Mauri Maria Claudia Duque P Marìa Angeles Obenga Mariana Espinoza Maria Cecilia Leon Maritza Macd Deivy Jose Perez Perez Julio Martell Luis Aguiar Yamila Viego Pakito V Kinto Mary Ann Waterman Everett Waterman Armando Valdueza Carmen Valdes
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La Biblia no es letra muerta o muda. Ella nos interroga, nos interpela, nos anima, nos acusa, nos enseña, nos amonesta. A quien medita la Biblia le pasará lo que a aquellos dos discípulos de Emaús, cuyos corazones ardían al hablarles Jesús por el camino de la vida (cfr. Lc 24, 13-15). Abrir la Biblia es comprometerse con Dios, que nos habla. No se puede acercarse a la Biblia como curioso, sino como creatura ante el Creador, como hijo ante su Padre, como siervo ante el Señor: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. La Biblia es un libro, no sólo para estudiar, sino para meditar, vivir y transmitir. “Bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la practican” (cf. Lc 11, 2 ) En sus mensajes, la Reina de la Paz a menudo ha llamado a la lectura de la Sagrada Escritura. Según las palabras de la Virgen, la Biblia
- impulsa a la oración
- ayuda a comprender la razón de la venida de la Virgen entre nosotros,
- permite comprender los signos de los tiempos,
- permite a la Palabra de Dios arraigarse en el corazón,
- muestra cómo Dios ama a su pueblo y
- conduce al gozo en el encuentro con Dios, quien ama inmensamente a sus criaturas.
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