Salmo 26, 1.2. 3. 13-14
R. (1a) El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién voy a tenerle miedo?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién podrá hacerme temblar?
R. El Señor es mi luz y mi salvación.
Cuando me asaltan los malvados
para devorarme,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.
R. El Señor es mi luz y mi salvación.
Aunque se lance contra mí un ejército,
no temerá mi corazón;
aun cuando hagan la guerra contra mí,
tendré plena confianza en el Señor.
R. El Señor es mi luz y mi salvación.
La bondad del Señor espero ver
en esta misma vida.
Armate de valor y fortaleza
y en el Señor confía.
R. El Señor es mi luz y mi salvación.
Aclamación antes del Evangelio
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor Jesús, rey nuestro,
sólo tú has tenido compasión de nuestras faltas.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Evangelio
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.
Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: “Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.
Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús.
Extraído de uscb
Los colores litúrgicos son aquellos pigmentos específicos que se utilizan para la liturgia cristiana. Son un modo de establecer una conexión "más visual" con el tiempo litúrgico, o bien, con el tipo de evento o celebración a la que asistimos. No obstante, es necesario resaltar que la elección de cada color no es algo fruto del azar, puesto que cada uno de ellos tiene un significado especial.
Fue el Papa Inocencio III, allá por el siglo XIII, el primer pontífice en "hacer oficial" la asociación de determinados colores a los tiempos litúrgicos. Por aquel entonces, eran cuatro: verde, rojo, negro y blanco.
Posteriormente, durante el pontificado de Pío V, en torno a 1570, se incorporaron el rosa y el púrpura. Pero también el dorado y el plateado, reservados ambos para las ocasiones más especiales. Además, en España, contamos el privilegio de usar el color azul, que simboliza la pureza y la virginidad, sólo exclusivamente en la fiesta de la Inmaculada Concepción y para fiesta marianas donde la Conferencia Episcopal lo autorice.
En esta ocasión, nos vamos a centrar, exclusivamente, en los colores del tiempo litúrgico en el que nos encontramos, la Semana Santa. En esta época, son tres los colores principales a usar: morado (o púrpura), rojo, blanco y dorado (estos dos últimos de forma conjunta).
- Morado. El color púrpura simboliza preparación espiritual y penitencia. Se utiliza los días de Lunes Santo, Martes Santo y Miércoles Santo. Teniendo en cuenta que se asocia con el luto, invita al recogimiento, la reflexión y el arrepentimiento. Es una llamada a la preparación para la Pascua que está por llegar.
- Rojo. Este color simboliza la sangre y la fuerza del Espíritu Santo. Se refiere a la virtud del amor de Dios. Es usado principalmente en las fiestas de la Pasión del Señor como el Domingo de Ramos y el Viernes Santo.
- Blanco y/o dorado. Este color, el blanco representa a Dios. Simboliza la alegría, pureza, tiempo de júbilo y la paz. Normalmente, el dorado se utiliza en las celebraciones más importantes del año, en este caso, la Vigilia de la Pascua de Resurrección. También el blanco es el color del Domingo de Pascua y el de Jueves Santo, por la tradición de celebrar este día la Misa Crismal en la que se bendicen los óleos que se utilizan durante todo el año.
Una vez que concluye la Semana Santa, el blanco será el color para el Tiempo de Pascua, hasta que lleguemos, cincuenta días más tarde, a la celebración de Pentecostés. Entonces, regresará el color rojo, símbolo del fuego del Espíritu Santo que inunda el corazón de los apóstoles y todos los que hemos recibido la confirmación.
Extraído de la Diócesis de Segovia



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