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HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO: DOMINGO DE RAMOS 2022


EL PAPA FRANCISCO PIDE UNA "TREGUA PASCUAL" EN UCRANIA 🇺🇦

“Que se inicie una tregua de Pascua, pero no para volver a cargar las armas y reanudar el combate. No. Una tregua para lograr la paz a través de verdaderas negociaciones” 

“Ánimo, caminemos hacia la Pascua con su perdón. Porque Cristo intercede continuamente ante el Padre por nosotros y, mirando nuestro mundo violento y herido, no se cansa nunca de repetir: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’”

Papa Francisco

ordendesanbenito.org


El Papa Francisco celebró éste domingo 10 de abril, Domingo de Ramos, la Misa de la Pasión del Señor, donde señaló que Dios nunca se cansa de perdonar y que “el privilegio de cada uno de nosotros es ser amado y perdonado”. 


También recordó la “locura de la guerra, donde se vuelve a crucificar a Cristo” y aseguró que “Cristo es clavado en la cruz una vez más en las madres que lloran la muerte injusta de los maridos y de los hijos. Es crucificado en los refugiados que huyen de las bombas con  los niños en brazos. Es crucificado en los ancianos que son abandonados a la muerte, en los jóvenes privados de futuro, en los soldados enviados a matar a sus hermanos”. 


A continuación, la homilía pronunciada por el Papa Francisco: 


En el Calvario se enfrentan dos mentalidades. Las palabras de Jesús crucificado en el  Evangelio se contraponen, en efecto, a las de los que lo crucifican. Estos repiten un estribillo: “Sálvate a ti mismo”. Lo dicen los jefes: «¡Que se salve a sí mismo si este es el Mesías de Dios, el  elegido!» (Lc 23,35). Lo reafirman los soldados: «¡Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti  mismo!» (v. 37). Y finalmente, también uno de los malhechores, que escuchó, repite la idea:  «¿Acaso no eres el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo!» (v. 39). Salvarse a sí mismo, cuidarse a sí mismo,  pensar en sí mismo; no en los demás, sino solamente en la propia salud, en el propio éxito, en los  propios intereses; en el tener, en el poder y en la apariencia. Sálvate a ti mismo: es el estribillo de la  humanidad que ha crucificado al Señor. Reflexionemos sobre ésto.   


Pero a la mentalidad del yo sé opone la de Dios; el sálvate a ti mismo discuerda con el  Salvador que se ofrece a sí mismo. En el Evangelio de hoy también Jesús, como sus opositores,  toma la palabra tres veces en el Calvario (cf. vv. 34.43.46). Pero en ningún caso reivindica algo para  sí; es más, ni siquiera se defiende o se justifica a sí mismo. Reza al Padre y ofrece misericordia al  buen ladrón. Una expresión suya, en particular, marca la diferencia respecto al sálvate a ti mismo:  «Padre, perdónalos» (v. 34).  


Detengámonos en éstas palabras. ¿Cuándo las dice el Señor? En un momento específico,  durante la crucifixión, cuando siente que los clavos le perforan las muñecas y los pies. Intentemos  imaginar el dolor lacerante que eso provocaba. Allí, en el dolor físico más agudo de la pasión, Cristo pide perdón por quienes lo están traspasando. En ésos momentos, uno sólo quisiera gritar  toda su rabia y sufrimiento; en cambio, Jesús dice: Padre, perdónalos. A diferencia de otros  mártires, que son mencionados en la Biblia (cf. 2 Mac 7,18-19), no reprocha a sus verdugos ni  amenaza con castigos en nombre de Dios, sino que reza por los malvados. Clavado en el patíbulo de la humillación, aumenta la intensidad del don, que se convierte en perdón.  


Hermanos, hermanas, pensemos que Dios hace lo mismo con nosotros. Cuando le causamos  dolor con nuestras acciones, Él sufre y tiene un sólo deseo: poder perdonarnos. Para darnos cuenta de esto, contemplemos al Crucificado. El perdón brota de sus llagas, de ésas heridas dolorosas que le provocan nuestros clavos. Contemplemos a Jesús en la cruz y pensemos que nunca hemos  recibido palabras más bondadosas: Padre, perdónalos.  


Contemplemos a Jesús en la cruz y veamos  que nunca hemos recibido una mirada más tierna y compasiva. Contemplemos a Jesús en la cruz y  comprendamos que nunca hemos recibido un abrazo más amoroso. Contemplemos al Crucificado y digamos: “Gracias, Jesús, me amas y me perdonas siempre, aun cuando a mí me cuesta amarme y  perdonarme”.  


Allí, mientras es crucificado, en el momento más duro, Jesús vive su mandamiento más  difícil: el amor por los enemigos. Pensemos en alguien que nos haya herido, ofendido,  desilusionado; en alguien que nos haya hecho enojar, que no nos haya comprendido o no haya sido  un buen ejemplo. ¡Cuánto tiempo perdemos pensando en quienes nos han hecho daño! Y también  mirándonos dentro de nosotros mismos y lamiéndonos las heridas que nos han causado los otros, la  vida, la historia. 


Hoy Jesús nos enseña a no quedarnos ahí, sino a reaccionar, a romper el círculo  vicioso del mal y de las quejas, a responder a los clavos de la vida con el amor y a los golpes del odio con la caricia del perdón. Pero nosotros, discípulos de Jesús, ¿seguimos al Maestro o a nuestro  instinto rencoroso? Es una pregunta que debemos hacernos. Si queremos verificar nuestra pertenencia a Cristo, veamos cómo nos  comportamos con quienes nos han herido. El Señor nos pide que no respondamos según nuestros  impulsos o como lo hacen los demás, sino como Él lo hace con nosotros. Nos pide que rompamos la  cadena del “te quiero si tú me quieres; soy tu amigo si eres mi amigo; te ayudo si me ayudas”. No,  compasión y misericordia para todos, porque Dios ve en cada uno a un hijo. No nos separa en  buenos y malos, en amigos y enemigos. Somos nosotros los que lo hacemos, haciéndolo sufrir. Para  Él todos somos hijos amados, que desea abrazar y perdonar.   


Hermanos, hermanas, pensemos que Dios hace lo mismo con nosotros. Cuando le causamos dolor con nuestras acciones, Él sufre y tiene un sólo deseo: poder perdonarnos. Para darnos cuenta de esto, contemplemos al Crucificado. El perdón brota de sus llagas, de ésas heridas dolorosas que le provocan nuestros clavos. Contemplemos a Jesús en la cruz y pensemos que nunca hemos  recibido palabras más bondadosas: Padre, perdónalos.  


Contemplemos a Jesús en la cruz y veamos  que nunca hemos recibido una mirada más tierna y compasiva. Contemplemos a Jesús en la cruz y  comprendamos que nunca hemos recibido un abrazo más amoroso. Contemplemos al Crucificado y digamos: “Gracias, Jesús, me amas y me perdonas siempre, aun cuando a mí me cuesta amarme y  perdonarme”.  


Allí, mientras es crucificado, en el momento más duro, Jesús vive su mandamiento más difícil: el amor por los enemigos. Pensemos en alguien que nos haya herido, ofendido, desilusionado; en alguien que nos haya hecho enojar, que no nos haya comprendido o no haya sido  un buen ejemplo. ¡Cuánto tiempo perdemos pensando en quienes nos han hecho daño! Y también  mirándonos dentro de nosotros mismos y lamiéndonos las heridas que nos han causado los otros, la  vida, la historia. 


Hoy Jesús nos enseña a no quedarnos ahí, sino a reaccionar, a romper el círculo  vicioso del mal y de las quejas, a responder a los clavos de la vida con el amor y a los golpes del  odio con la caricia del perdón. Pero nosotros, discípulos de Jesús, ¿seguimos al Maestro o a nuestro  instinto rencoroso? Es una pregunta que debemos hacernos. Si queremos verificar nuestra pertenencia a Cristo, veamos cómo nos  comportamos con quienes nos han herido. El Señor nos pide que no respondamos según nuestros  impulsos o como lo hacen los demás, sino como Él lo hace con nosotros. Nos pide que rompamos la  cadena del “te quiero si tú me quieres; soy tu amigo si eres mi amigo; te ayudo si me ayudas”. No,  compasión y misericordia para todos, porque Dios ve en cada uno a un hijo. No nos separa en  buenos y malos, en amigos y enemigos. Somos nosotros los que lo hacemos, haciéndolo sufrir. Para  Él todos somos hijos amados, que desea abrazar y perdonar.   


También ésa invitación al banquete del Hijo, el Señor invita a todos: blancos, negros, buenos, malos, a todos. Sanos, enfermos, todos. El amor de Jesús es para todos. No hay privilegios en esto, es para todos. El privilegio de cada uno de nosotros es ser amado y perdonados.  


Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. El Evangelio destaca que Jesús «decía»  (v. 34) esto. No lo dijo una sola vez en el momento de la crucifixión, sino que pasó las horas que  estuvo en la cruz con éstas palabras en los labios y en el corazón. Dios no se cansa de perdonar. Debemos entender ésto, pero entenderlo no sólo con la mente sino también con el corazón. Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón, Él nunca se cansa de perdonar.  


No es que aguante hasta un cierto punto para luego cambiar de idea, como estamos tentados de hacer  nosotros. Jesús —enseña el Evangelio de Lucas— vino al mundo a traernos el perdón de nuestros  pecados (cf. Lc 1,77) y al final nos dio una instrucción precisa: predicar a todos, en su nombre, el perdón de los pecados (cf. Lc 24,47). No nos cansemos del perdón de Dios, ni nosotros sacerdotes de administrarlo, ni cada cristiano de recibirlo y testimoniarlo. Nos nos cansemos del perdón de Dios


Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Muchos escuchan ésta frase inaudita;  pero sólo uno la acoge. Es un malhechor, crucificado junto a Jesús. Podemos pensar que la  misericordia de Cristo suscitó en él una última esperanza que lo llevó a pronunciar estas palabras:  «Jesús, acuérdate de mí» (Lc 23,42). Como diciendo: “Todos se olvidaron de mí, pero tú piensas incluso en quienes te crucifican. Contigo, entonces, también hay lugar para mí”. El buen ladrón  acoge a Dios mientras su vida está por terminar, y así su vida empieza de nuevo; en el infierno del mundo ve abrirse el paraíso: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Este es el prodigio del perdón de Dios, que transforma la última petición de un condenado a muerte en la primera  canonización de la historia.  


Hermanos, hermanas, en ésta semana acojamos la certeza de que Dios puede perdonar todo  pecado, toda distancia, y puede cambiar todo lamento en danza (cf. Sal 30,12); la certeza de que con  Jesús siempre hay un lugar para cada uno; de que con Jesús nunca es el fin, nunca es demasiado tarde. Con Dios siempre se puede volver a vivir. Ánimo, caminemos hacia la Pascua con su perdón. Porque Cristo intercede continuamente ante el Padre por nosotros (cf. Hb 7,25) y, mirando nuestro mundo violento y herido, no se cansa nunca de repetir, y nosotros lo hacemos ahora con nuestro corazón en silencio. Repetir con Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que  hacen

Etiquetas: Semana Santa, Papa Francisco, Domingo de Ramos, Homilía del Papa Francisco

Extraído de Aciprensa



Maía canta frente al Papa Francisco el Salmón 97  "Parque Simón Bolívar" septiembre 11, 2017



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