CATALINA, LA ESCUDERA DE LAS SIERVAS DE MARÍA
✍️ Rachel S. Diez
📸 Siervas de María
Catalina Cabreales Lara ya superó las ocho décadas. Lleva casi la mitad de su vida viviendo en un convento, aunque no es consagrada. Cada día despierta muy temprano para compartir la oración y la caridad con las Siervas de María en La Habana. Ofrece desayuno a los deambulantes, visita a los enfermos, lleva alimentos y ropa a los pobres, no descansa cuando hay celebraciones litúrgicas importantes y siempre anda en búsqueda de cualquier actividad doméstica.
Es de esas laicas que socorre diariamente a desconocidos, pero que pasa desapercibida, escondida tras la silueta de su cuerpo y la ropa humilde. Alegre. Bailadora. Guarda el recuerdo de Teresa de Calcuta lavando sus ropas en las habitaciones contiguas a la suya durante su visita a Cuba el pasado siglo. Ha compartido con generaciones de Siervas. Muchas se van, otras llegan. Catalina permanece y guarda sus recuerdos.
Como su amor es fecundo, hace mucho tiempo que decidió que debía extenderlo, y no solo alimenta a las personas, sino también a los animales, en especial los callejeros. Limpia los patios del Convento a cualquier hora; así siente que alivia un poco el trabajo de las Hermanas ahora que están en construcción. Si le preguntas qué se siente compartir las necesarias renuncias junto a ellas, suele responder: «Gracias a Dios doy todos los días, porque me ha traído a esta casa».
-¿Cómo llegaste a la Iglesia?
«Fui criada como una pordiosera. Dormía en un cajón que parecía de muerto. La viejita que me llevó a bautizar cuando yo vivía como pordiosera en la calle, era limosnera. Recuerdo que lloró mucho cuando me bautizaron. Ella andaba descalza y tenía el pelo canoso. Era clarita, pero descendiente de esclavos. Siempre la llevo en mi memoria, al igual que la fecha de mi bautizo: 18 de mayo. Desde entonces, dejo cualquier cosa para irme a misas de precepto».
- ¿Los primeros contactos con las religiosas?
«Llevo 47 años viviendo con las Siervas de María, aunque primeramente me eduqué con las Salesianas. Nací en Trinidad, viví en Cienfuegos y Camagüey, hasta que vine a La Habana con mi madrina. Por su mediación, terminé en la capital con una familia que me acogió cuando tenía 14 años. Con ellos pasé décadas, primero en Cienfuegos y luego en La Habana. Estaba destinado que iba a estar con las Siervas de María. Fui dando tumbos, pero todo me llevó hasta aquí».
-¿En qué momento te invitan a trabajar con ellas?
«En La Habana, con mi familia de acogida, conseguí hacer una vida. Luego comencé a trabajar en la escuela "Justo López", donde me iba muy bien. Venía a misa de domingo a la iglesia cercana al convento y ahí es donde la entonces Superiora (Sor Catalina), se comienza a fijar en mí y me pide trabajar con la congregación. Le prometí pensarlo, pues me daba pena dejar la escuela por los niños. Todavía los encuentro por la calle, ya hechos hombres y mujeres, con familia e hijos, y me besan y abrazan. Al comienzo preferí que no me hablaran de sueldo. Solo probé y seguí probando… y aquí estoy».
-Cuenta Sor María Isabel, actual Superiora de las Siervas de María, que el momento en que la Congregación acogió a Catalina fue muy específico. A comienzos de los 60 vivían en el Convento hasta sesenta hermanas. Luego de la masiva salida de religiosos y religiosas de esos años, solo catorce españolas permanecieron. Ellas la observaron, la conocieron, y determinaron acogerla. Junto a Catalina también tomaron a otras dos señoras, Hilda y Florinda, ya fallecidas.
«Era una época dura. Las Hermanas pasaban mucho trabajo para conseguir alimentos y en ocasiones no tenían ni zapatos. Cuando empezaron a tener libreta (de racionamiento de alimentos de la canasta básica), solo les mandaban vísceras y huesos. Luego tiburón, que no había quien lo comiera. Durante un tiempo no se les permitió recibir cartas de sus familias en el exterior del país. Esas catorce sufrieron, trabajaron, y encima compartieron lo poco que conseguían. Yo me dije: tengo que ayudarlas».
-Al amparo de las Hermanas, ¿nunca pensaste en la vida religiosa como opción?
«Una vez me lo propuso una Madre General que se llamaba Bernarda, luego una Provincial y más tarde Sor Bonifacia, la Maestra de Novicias. Siempre pensé que no estaba capacitada. Mi situación de estudios no era buena y lo poco que aprendí me lo enseñó mi madrina. De todos modos, siempre me sentí como ellas, y cumplía las cosas establecidas. Luego llegó un capellán, el P. Luis Peláez, que se dio cuenta que prestaba mejor servicio como laica. Así podía salir y entrar con total libertad, y llegar a cualquier sitio con la ayuda».
-Las Siervas aseguran que vivir con Catalina es un regalo.
«Me gusta agradar a los otros, hacerme fotos y participar en las fiestas y obras de teatro que hacen los jóvenes de la Capilla. En lo que pueda dar una mano, estoy. Principalmente cuando se trata de ancianos y enfermos. Esos viejitos solos que me piden pan; que han aumentado los últimos años aquí en El Vedado, que llegan hasta la portería».
-Penas y alegrías.
«Mi pena es no ver tantos jóvenes en la Iglesia. Casi todos migraron. A veces venían a misa y traían a sus padres con ellos. Ahora viven fuera, nos ayudan económicamente para las fiestas, pero todo el tiempo estoy añorando que regresen. Tenemos más niños, gracias a Dios.
Mi disfrute es ver la entrega de las Hermanas con los enfermos. Siempre corriendo, buscando medicinas, pampers… Muchas dejaron atrás sus familias, países y hasta han muerto aquí en Cuba. Cuidan enfermos en los hospitales en cualquier horario. Los limpian, alimentan y hasta asean. Viejos que no son "los suyos". Por eso quiero estar siempre aquí con ellas. Cuando ayudo a un pobre o a un necesitado, esa es mi alegría».
ordendesanbenito.org/donations


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