EL PARÁCLITO
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Su ausencia se hace palpable, pero en sus corazones arde una llama de esperanza, alimentada por las palabras que él les había dejado: "El Espíritu Santo vendrá a vosotros". Y a pesar del vacío que su partida ha dejado, el recuerdo de su figura ascendiendo al cielo es un faro de fe que les guía.
En un instante, la quietud se empieza a quebrar por un súbito y fuerte viento. Un vendaval que parece surgir de todas partes y ninguna a la vez. Las puertas y ventanas están cerradas, pero aquél viento sopla con una fuerza que amenaza con arrasar todo a su paso. La sorpresa despierta el asombro en los rostros de los presentes cuando el aire se llena de una luminosidad mística.
Entonces, como si aquél aire hubiera traído consigo un pedazo de cielo, unas lenguas de fuego comienzan a danzar en el aire, descendiendo suavemente sobre cada uno de los presentes.
María, con la respiración entrecortada, observa la llama que se cierne sobre su cabeza. Se inclina un poco, como queriendo acercarse al fuego sin quemarse. María Magdalena se acerca a ella, seguida de Pedro. Sus corazones laten con fuerza, llenos de asombro y de una curiosidad casi reverencial.
"El Espíritu Santo", susurra María, y sus palabras resuenan en el silencio que el viento ha dejado.
A pesar de la sorpresa y el asombro, una serenidad inunda a cada uno de los presentes. Es como si el mismo Jesús se hubiera hecho presente de nuevo entre ellos. La misma luz y el mismo amor intenso, manifestados en el viento y el fuego.
La promesa se ha cumplido. Y a pesar de que Jesús ya no está con ellos físicamente, su presencia y su amor se sienten más fuertes que nunca. Ya no hay razones para ocultarse, ni para tener miedo. Ha llegado el momento de continuar con la obra que el Maestro había comenzado, esta vez con la fuerza de mil idiomas que hablan de una sola Palabra.
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