ORACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD PARA TODOS LOS DÍAS.
Bendita y gloriosa santísima Trinidad, Padre, hijo y Espíritu Santo. Creo en Tú gran poder Dios Padre, creo en Tú amor infinito Dios Hijo, confió en Tú poder y misericordia Dios Espíritu Santo. Padre celestial, te pido que a través de Tú Espíritu Santo me guarde de todo mal y por el amor a Tú hijo amado Jesús, siembra y cosecha Tú amor en mi corazón.
Santísima Trinidad, cúbreme con Tú Santo manto y despoja todo rastro de enfermedad; Fortifica mi salud, y dale la vitalidad que mi cuerpo y mi alma necesitan de Ti Padre, hijo y Espíritu Santo. Padre Santo gracias porque por amor a nosotros entregaste a Tú hijo amado Jesús, para purificar nuestros pecados. Gracias Jesús por abrir las puertas al altar de nuestro amado padre celestial, gracias Espíritu Santo, por fundir la palabra de Dios padre en nuestros corazones.
Gloria Ti, Santísima trinidad, porque a través de Ti mi familia goza de Tú paz y serenidad. Te pido, que me ayudes a salir adelante, en Tus manos confió mi bienestar y la de mis seres queridos; permítenos vivir confiando en Tú eterna gloria, y agradecerte por ser Él motor que me impulsa a seguir luchando día tras día. Dios hijo, gracias porque cada mañana eres mi fuente de vida, mi ejemplo a seguir y Él ser que más amo.
Gracias Espíritu Santo, porque nunca te apartas de mí, siempre alimentas mi fe, y me sirves de apoyo y guía cuando me aparto del camino de Dios Padre.
Que Tú grandeza y misericordia siempre tengan consuelo de tus ovejas, Tú Santísima Trinidad eres nuestro buen pastor y conducirás a tus hijos por el camino de la prosperidad y felicidad.
Te lo pedimos en el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
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"LEYENDA DE LA VIRGEN DE LOS REYES"
Estaba el Rey San Fernando en su campamento de Tablada, poco antes de conquistarla. Le ocurrió una noche, que mientras estaba orando en su tienda de campaña, se quedó dormido. Fue en ese momento, cuando tuvo una visión en la que se apareció la Virgen con un niño en brazos que le decía: “Fernando, te prometo que conquistarás Sevilla”. Al despertar el Rey Santo llamó a su capellán, el Obispo Don Remondo, y le contó la visión que había tenido.
Teniendo sus aposentos en el Alcázar, pasaba San Fernando muchas horas en oración acordándose de aquella imagen que había visto en sueños. Para no olvidarla, quiso que algunos escultores la reprodujeran, pero ninguno lo conseguía.
Un día llegaron al Alcázar tres jóvenes, que querían ver al Rey. El monarca accedió a recibirlos, preguntándoles cuál era el motivo de la visita. Éstos le contestaron que eran escultores y estaban haciendo un viaje de aprendizaje.
San Fernando les ofreció todo tipo de comodidades, y como contraprestación los jóvenes se ofrecieron a tallar la imagen de una Virgen para la capilla, aceptando al monarca el ofrecimiento.
Los jóvenes se encerraron en un salón, y pidieron no ser molestados mientras desarrollaban su trabajo. Pasadas unas horas, una criada miró por la cerradura del salón en cuestión. Pudo observar que los jóvenes no estaban trabajando, sino que se encontraban arrodillados junto a un gran resplandor. En ese momento, la sirvienta acudió rápidamente a contar lo que había visto, al Rey Santo.
Rápidamente, éste acudió a comprobar lo que le habían comentado. Y encontró en una mesa la maravillosa talla de la Virgen que había visto en sus sueños. San Fernando abrió la puerta del salón, pudiendo comprobar que los jóvenes no estaban. Entonces comprendió que éstos eran ángeles y que habían dejado la imagen de la Virgen como regalo.
Consultado todo lo sucedido al obispo Don Remondo, éste lo declaró como milagro, ordenando que la Virgen se colocara en la capilla del Alcázar con el nombre de Nuestra Señora de los Reyes.



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