El “banco de los milagros” y los monjes benedictinos tienen algo en común: el trabajo de cada día acompañado de la oración agradable a Dios.
Laudes, el oficio matutino de alabanza con el que se inicia el día, está en armonía con el esplendor natural del amanecer. Es nuestra celebración cotidiana de la victoria de la luz sobre las tinieblas, imagen de la victoria de Cristo sobre la muerte en su Resurrección.
La jornada de trabajo está jalonada por las horas menores, oraciones breves. Conservan la denominación de las horas romanas. Tercia, la tercera hora, incorporada al final la misa, el oficio de Sexta, al concluir los trabajos de la mañana antes del almuerzo, y Nona, antes de comenzar el trabajo de la tarde.
La alabanza de las Vísperas ofrece a Dios los trabajos de la jornada que concluye y agradece el don de vida hasta el final del día. Su composición es similar a la de Laudes.
La noche de inicia con el oficio de Completas, oración que nos prepara para el descanso nocturno. Al concluir, entonamos un canto a la Virgen, famosos por la belleza de sus melodías gregorianas. Comienza entonces el gran silencio de la noche, que durará hasta Laudes del día siguiente.
Extraído de Abadía de Silos
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