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24 DE OCTUBRE CELEBRAMOS A SAN ANTONIO MARÍA CLARET


Hoy celebramos a San Antonio María Claret, patrono de los obreros textiles y los educadores


Cada 24 de octubre, la Iglesia celebra a San Antonio María Claret, religioso y misionero español, quien llegó a ser arzobispo en América y confesor de una reina. Su figura está muy vinculada a la educación católica gracias a sus esfuerzos por promover escuelas, bibliotecas y grupos de lectores o estudiosos.


A eso se suma, también, el trabajo de sus hijos espirituales, los claretianos -los miembros de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María-, continuadores de su obra.


El obrero textil

Nacido en Sallent, Barcelona (España) en 1807, en su juventud fue obrero textil, razón por la que se le considera patrón de los tejedores y de la industria textil de Cataluña. Su padre era dueño de unos telares, donde Antonio tuvo que trabajar por lo menos en dos periodos, aunque por dentro se descubría llamado al sacerdocio. Él había manifestado esa inquietud desde muy joven y por eso sus padres invirtieron dinero en su formación, pero los altibajos económicos que sufrió su familia impidieron que tuviera continuidad en los estudios.


Como fuera, Antonio siempre fue reconocido como un precoz devoto de la Virgen María y un amante de la Eucaristía. Alcanzada la adultez, el santo profesaría una piedad muy profunda a Nuestra Señora, haciéndola parte central en su vida y obra misionera. Era el amor maternal de María lo que Antonio experimentaba y por eso la tuvo siempre como protectora y guía. Tanto la inclinación a la vida sacerdotal, como la idea -presente en un periodo- de hacerse monje cartujo, o, tras ser ordenado, la voluntad de servir como un buen pastor -vicario, párroco y finalmente arzobispo- fueron expresiones de sintonía con el Espíritu Santo, que, sin María, Antonio María no hubiese entendido ni acogido.


En el peligro, llama a María, y haz lo que el Señor mande “Oh Virgen y Madre de Dios... soy hijo y misionero vuestro, formado en la fragua de vuestra misericordia y amor” (San Antonio María Claret).


Un día, siendo aún muy joven, Antonio salió de paseo con unos amigos rumbo a la playa. De pronto, mientras caminaba por la orilla, fue arrastrado mar adentro por una ola muy grande. Como no sabía nadar, empezó a ahogarse. Preso del pánico, luchando para no hundirse, alcanzó a gritar:


“¡Virgen Santa, sálvame!”. De pronto, sin saber bien cómo, estaba de regreso en la orilla, sano y salvo.


Cada vez que Antonio volvía sobre el episodio, decía que había sido la Virgen quien lo había salvado.


Fundador

Años después de aquella experiencia, el joven catalán logró ingresar al seminario; y, transcurrida la formación, en 1835, fue ordenado sacerdote. Inicialmente asumió un cargo parroquial, pero su deseo más grande era ser misionero. Una vez dispensado del cargo, salió a predicar el Evangelio, primero en las periferias de Cataluña y luego hasta las Islas Canarias (1840-1850).


En 1849 fundó la Orden de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, hoy conocidos como “claretianos”. También fue fundador (1855) de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada (misioneras claretianas). Presidió la junta encargada del Monasterio de El Escorial (1859-1868), donde abrió una comunidad para eclesiásticos, un seminario y un colegio de enseñanza secundaria.


Poco después de la fundación de su Orden, recibió el nombramiento como arzobispo de Santiago de Cuba. Inicialmente pretendió declinar al cargo pero tras un breve discernimiento aceptó el pedido papal.


Centroamérica y la lucha contra la esclavitud

Antonio María viaja a América en 1850 para asumir la sede episcopal como arzobispo de Santiago de Cuba. Allí trabajó en el reordenamiento de la vida eclesial -la arquidiócesis había estado sin pastor por más de una década-, mientras combatía las injusticias sociales del entorno. El arzobispo Claret se enfrentó a los europeos que maltrataban a los naturales y preparó una edición especial de las Leyes de Indias para facilitar su divulgación, ya que estas podían ser buen instrumento para mejorar el trato hacia los esclavos.


Claret, odiado por los esclavistas, fue blanco de numerosas amenazas. Incluso sufrió un atentado: un hombre intentó asesinarlo con un cuchillo. Providencialmente, el atacante solo logró cortarle parte del rostro y el brazo derecho. El santo quedó mal herido por un largo periodo, pero una vez repuesto, inició otro más de sus recorridos por su extensa arquidiócesis. Claret prosiguió así hasta que llegó el momento de dejar la isla y volver rumbo a España por pedido expreso de la reina Isabel II.


Continuará 


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