5 sonidos que alejan al demonio de la vida de un buen Cristiano Católico.
El primer sonido que ahuyenta al demonio.
El sonido de la campana 🔔 ahuyenta
el demonio porque el demonio no soporta la misa, el momento de la consagración.
• El sonido de golpe de pecho.
El golpe sincero ahuyenta al diablo.
• El sonido de las hojas de la biblia.
A los demonios le molestan que cojas la biblia y la leas.
Porque te vas a dejar guiar por la palabra de Dios.
Efesios 6:17 de la Biblia católica dice: "Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios".
• El sonido de las rodillas cuando llegan al reclinatorio... Las rodillas que tocan el suelo.
El diablo se pone rabioso porque NO adora a Dios.
Somos adoradores y a la medida que estamos adorando a Dios, somos fuertes.
• El sonido de las cuentas del Rosario.
San Juan María Vianney "Cura de Ars" dijo: "El rosario no es un amuleto, ni un accesorio de vestir ni mucho menos para un tatuaje, El Santo rosario es un arma poderosa cuando se usa correctamente, con el Santo Rosario puedes quitar muchas almas al diablo".
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Oración a Cristo Rey de Santa Margarita de Alacoque para que reine en el corazón
Una oración escrita al Rey de reyes por Santa Margarita María de Alacoque, vidente del Sagrado Corazón de Jesús y de los misterios de su reinado.
A continuación la oración de la santa, con la que se le puede pedir al “Soberano Rey” que establezca su imperio en nuestro propio corazón:
Yo os adoro, ¡oh Jesús, Rey poderoso!, en este trono de amor y de misericordia. Recibidme por esclavo y siervo vuestro, y perdonad mis repugnancias y rebeldías al soberano dominio que tenéis sobre mi alma.
¡Ah, Rey benigno! Acordaos que no podrías ser en efecto misericordioso si carecieses de vasallos miserables. Alargad, os ruego, vuestra liberal mano y remediad mi extra indigencia con el precioso tesoro de vuestro santo amor, que al fin no es otra cosa sino Vos mismo; despojándome de todo este miserable amor propio y de todos estos pueriles humanos respetos que me tienen como asido y encadenado.
Venid, ¡Soberano Rey mío!, a romper mis ataduras y a librarme de esta mala servidumbre y a establecer vuestro imperio en mi corazón. Quiero reinar en el vuestro por una ardiente caridad con mi prójimo, no hablando de él sino caritativamente, sufriéndole, excusándole, haciendo y queriendo para él lo que yo quisiera hiciesen conmigo, no permitiendo que mi lengua suelte palabra alguna ofensiva o de resentimiento. Así no habrá cosa que me turbe para que mi Rey halle en mí imperio de paz. Amén.


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