“Dulce Niño de Belén, Salvador del Mundo, ¡Sálvanos!, ¡Sálvanos!”
El Niño Jesús de Belén en Santa Tecla
Reportero: Xander Valiente
#JesúsEnElSalvador
En Izalco, una de las zonas más castigadas, vivía una familia muy humilde, formada por Julia y sus cuatro hijos, Efraín de 12 años, Josefita de 10, Angélica de 8 y Patrocinio de 8 años, el padre de los niños, había muerto para los acontecimientos de enero y febrero de 1932.
Efraín era un niño excepcional: Humilde, sincero, honesto, trabajador y muy religioso. Por las tardes, desde que hizo su primera comunión, se le veía pasar algunos ratos en oración en la antigua Iglesia Parroquial de La Asunción.
Temprano, todas las mañanas marchaba con su tío, Juan Nepomuceno, hacia las costas del departamento de Sonsonate, a las playas cercanas al puerto de Acajutla, a pescar, extraer ostras y otros productos del mar, para luego venderlos en Sonsonate o en Izalco.
Una mañana, Efraín y su tío, se dirigieron a la pequeña playa de La Flor, cerca del puerto de Acajutla. La diminuta bahía de La Flor, parece un rinconcito donde hacen su nido las olas del mar, se encuentra rodeada de altas rocas, en las que se incrustan numerosas formaciones de concha nácar y madrépora, que aumentan la belleza del paisaje.
Todo anunciaba que aquel sería un día ordinario, como uno de tantos. Procuraría trabajar intensamente mientras el sol no fuera muy fuerte, para luego irse a la ciudad a vender el pescado, las ostras, las conchas, etc. Y llevaría a su madre el producto de la venta para que comprara lo necesario para la comida de todos.
Efraín llevaba en su cebadera algunos instrumentos que le permitían arrancar de la roca las ostras que después ofrecería a los clientes en la ciudad. Mientras Juan Nepomuceno lanzaba la atarraya en las aguas del mar, Efraín se dedicaba a subir y bajar por las rocas buscando arrancando aquí y allá una ostra. De pronto, a la luz del día que se iniciaba, vio adherido a las rocas, un pequeño objeto que brillaba cuando le daban los nacientes rayos del sol. El hecho llamó la atención del muchacho, que se fue acercando lentamente para investigar de qué cosa se trataba.
Al llegar al lugar en donde se encontraba el objeto que había llamado su atención, Efraín no podía comprender lo que estaba contemplando. Se trataba de una pequeñísima y delicada imagen del Niño Dios que se encontraba adherida a una concha de nácar que a su vez estaba incrustada en una roca.
El niño era una filigrana delicadísima, digna de Benvenuto Cellini, elaborada a base de nácar y madrépora. El rostro del Niño de Belén, es realmente admirable y de una belleza sorprendente. Sus cabellos rizados, hechos de madrépora, entre los que se insinúa la coronita del Rey de los Judíos nacido en Belén. El rostro de nácar con unos ojitos oscuros graciosísimos, una diminuta boquita rosa (diminuto rubí), una nariz respingona y las mejillas ligeramente sonrosadas.
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