Todo cristiano debe estar firmemente convencido de que, en ningún caso, su vida espiritual puede ser el desarrollo tranquilo de una vida insignificante, sin historia, sino que debe ser el terreno de una lucha constante, y a veces dolorosa, que sólo dará fin con la muerte: lucha contra el mal, las tentaciones y el pecado que lleva en su interior. Este combate es inevitable, pero hay que considerarlo como una realidad extraordinariamente positiva. Porque «sin guerra no hay paz» (Santa Catalina de Siena), sin combate no hay victoria. Y ese combate es realmente el terreno de nuestra purificación, de nuestro
crecimiento espiritual, donde aprendemos a conocernos en nuestra debilidad y a conocer a Dios en su infinita misericordia; en definitiva, ese combate es el ámbito de nuestra transfiguración y de nuestra glorificación.
Sin embargo, el combate espiritual del cristiano, aunque en ocasiones sea duro, no es en modo alguno la lucha desesperada del que se debate en medio de la soledad y la ceguera sin ninguna certeza en cuanto al resultado de ese enfrentamiento. Es el combate del que lucha con la absoluta certeza de que ya ha conseguido la victoria, pues el Señor ha resucitado: «No llores, ha vencido el león de la tribu de Judá» (Ap 5, 5). No combate con su fuerza, sino con la del Señor que le dice: «Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en la flaqueza» (2 Co 12, 9), y su arma principal no es la firmeza natural
del carácter o la capacidad humana, sino la fe, esa adhesión total a Cristo que le permite, incluso en los peores momentos, abandonarse con una confianza ciega en Aquel que no puede abandonarlo. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13). El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Sal 27).
El cristiano, llamado como está a «resistir hasta la sangre luchando contra el pecado».(Heb 12, 4), combate a veces con violencia, pero combate con un corazón sereno, y ese combate es tanto más eficaz cuanto más sereno está su corazón. Porque, como ya hemos dicho, es justamente esa paz interior la que le permite luchar no con sus propias fuerzas, que quedarían rápidamente agotadas, sino con las de Dios.
Jacques Phillipe, La Paz Interior
ordendesanbenito.org
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