“El que no carga con su propia cruz para seguirme luego, no puede ser discípulo mío”
(Mt. 16, 24)
Los hermanos separados, cuando no ven al pecho portar un crucifijo, inmediatamente nos atacan con lo siguiente: “¿Portarías el arma con que mataron a tu hermano o familiar? Entonces ¿por qué cargas usas la cruz, si ello mató a Cristo?” “Cristo ya resucitó, ya no está colgado de la cruz, como ustedes los católicos piensan”. Veamos qué podemos responder a estos “inteligentes” cuestionamientos.
Como todos sabemos, Jesús murió crucificado como un criminal y tratado con la mayor crueldad posible; tanta crueldad nos puede parecer atroz. Sin embargo, a partir del relato de su resurrección; tal fue el auge de este acontecimiento, que transformó la historia, y la predicación de su suplicio se convirtió en esperanza y salvación.
Para nosotros los católicos la cruz forma parte de nuestra fe por las siguientes razones:
1. La cruz se transformó en el símbolo del misterio cristiano redentor: en la cruz quiso libremente morir Jesús. No fue la cruz la que mató a Cristo, fueron nuestros pecados (Is, 53, 4-5), es el símbolo de nuestra liberación, de nuestra sanación: “el castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados…” (Is. 53, 5).
2. La Cruz y la Resurrección conforman el corazón del “Kerigma” (anuncio) apostólico: los apóstoles, desde el inicio de su predicación, comenzaron predicando a un Jesús crucificado, así lo expresa San Pedro el día de pentecostés: “Dios ha hecho Señor y Cristo a ese Jesús al que habéis crucificado” (Hch. 2, 36; cf. 2, 23; 4, 10), al igual que San Pablo: “pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1Cor. 1, 23). Por lo que la cruz es indispensable para entender la resurrección, es más, la resurrección de Cristo es fruto de su crucifixión.
3. Porque la cruz es la manifestación más grande del amor de Dios para con nosotros: Dice Jesús: “Nadie me quita la vida, sino que la doy libremente” Jn. 10, 18; porque “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” Jn. 15, 13. Y San Pablo reconoce esta entrega de amor: “me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Gal. 2, 20. Entonces, Cristo se entregó por amor y la Cruz es la expresión de ese amor de Dios por nosotros. ¿tú rechazarías un regalo valioso dado con amor?
Finalmente, estimado lector, la cruz es la dignidad del cristiano y en ella carga toda la realidad que le atañe en la cotidianidad. Además, me recuerda de quien soy, a quien pertenezco y lo que le costé. Es el trono de victoria del Señor: “Dios me libre de gloriarme sino es en la cruz de Cristo”, nos dice San Pablo (Gal. 6, 14). No te avergüences de portar un crucifijo, ni te amedrentes cuando te cuestionen los hermanos separados, recuerda que sólo el demonio y sus secuaces la repudian.
Recuerda que: “Católico preparado, nunca será cambiado”
Catecismo de la iglesia
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