EL PADRE DEL PROTESTANTISMO
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Desde los albores de la Iglesia, la práctica de las indulgencias ha permanecido como un signo palpable de la misericordia divina actuando a través del ministerio sacerdotal. Ya en el Nuevo Testamento, Cristo confirió a los apóstoles “las llaves del Reino de los cielos” para atar y desatar (Mateo 16:19), y en Juan se repite el mandato de perdonar los pecados otorgando así autoridad para la remisión tanto de la culpa como de las penas temporales (Juan 20:23). Esta realidad sacramental no nació en la Edad Media ni fue un invento pontificio, sino que hunde sus raíces en la pedagogía de la Iglesia primitiva, donde la Paresía apostólica ofrecía la absolución acompañada de penitencias que aliviaban las consecuencias del pecado y fortalecían la conversión verdadera.
En aquel tiempo de los mártires y los Padres, la comunidad cristiana comprendió que el perdón de Dios se extiende, bajo el mismo sacrificio de Cristo, al alivio de las penas temporales que afligen al alma tras la reconciliación. Así lo testimonian ya los escritos patrísticos, donde se recomienda, tras la confesión y la confesión de los pecados, la práctica de obras penitenciales –ayunos, limosnas, oraciones– como medios para restablecer plenamente la gracia que el pecado había debilitado. Esta tradición no ha cesado; aún hoy, el Código de Derecho Canónico la regula con precisión, y el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que las indulgencias “remiten la pena temporal” a través de la Iglesia, madre y maestra de los fieles (CIC 992-997).
Martín Lutero, con una mezcla de afán polémico y de inquietud interior, presentó aquella realidad de piedad como un mercadeo de almas. Lo hizo con retóricas incendiarias, asegurando –sin prueba alguna– que se vendían indulgencias al mejor postor mediante bulas que, en su opinión, ofrecían el perdón al precio de unas monedas. Sin embargo, los archivos pontificios y las actas conciliares demuestran que las indulgencias siempre estuvieron asociadas a obras de caridad, oraciones devotas y peregrinaciones, y que su administración se hizo bajo estricta supervisión eclesiástica. No existió nunca una “oferta pública de perdón” en los términos grotescos que pintó Lutero: él alzó su denuncia contra molinos de viento, azuzado tal vez por su propia desesperación espiritual.
La Escritura no deja lugar a dudas sobre la complementariedad entre fe y obras. Santiago, hermano del Señor, interpela con dureza: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Acaso la fe puede salvarle?… La fe, si no tiene obras, está completamente muerta” (Santiago 2:14.26). Y Jesús mismo proclama que, al fin de los tiempos, el criterio del juicio será la misericordia activa: “Tuve hambre y me disteis de comer… cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25:35.40). En este contexto, las indulgencias han sido siempre un estímulo para la caridad, la oración y la expiación personal, orientadas no a transigir con el pecado, sino a purificar el corazón y fortalecer la comunión con Cristo y con el Cuerpo místico.
La ruptura de Lutero, nacida de su amor por Catalina de Bora y de su deseo de eximir su conciencia de un celibato que él había profesado, arrastró consigo la negación de la autoridad establecida por Cristo. Al casarse con la monja, deshizo sus propios votos y convirtió su proyecto en un acto de desobediencia sistemática. De su revuelta personal nació un principio teológico según el cual el hombre no coopera con la gracia, sino que se eleva exclusivamente por la fe, desconectando la vida cristiana de las obras de amor y del ministerio vivo de la Iglesia. Esta división, lejos de edificar, ha provocado un caos de sectas y doctrinas enfrentadas, cumpliendo la advertencia de Jesús: “Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado” (Mateo 12:25).
Hoy, la Iglesia Católica prosigue con fidelidad la gestión de las indulgencias como cauce de conversión y misericordia. Cualquier fiel, mediante oraciones, obras de caridad, examen de conciencia y participación sacramental, puede obtener la remisión de las penas temporales que aún le atan al pecado. Este ministerio de amor nunca ha sido un negocio lucrativo, sino un tesoro espiritual que aviva la esperanza de la santidad y refuerza la unidad del Pueblo de Dios. Quien desee crecer en santidad y encontrar en la Iglesia la plenitud de los medios de salvación, hallará en estas prácticas no un engaño, sino un reflejo de la gracia que “derrama tantas bendiciones que, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).
Como puedes ver, no hay razón de ser dentro del protestantismo o los evangélicos. Su padre fundador, era mitómano o mentiroso.
Enseñanzas del Padre Luis Toro la verdadera Fe católica -facebook
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