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0 APATÍA | ... ENTONCES LA INVITACIÓN ES A DEJARNOS LLENAR EL CORAZÓN POR EL AMOR DE DIOS ❤️

0 Apatía | ... Entonces, la invitación es a dejarnos llenar el corazón por el amor de Dios.

¿Cómo llegar de la apatía a la empatía? 3 escalones que subiría un cristiano…

¿Alguna vez te has puesto a pensar cuántos escalones hay para pasar de la apatía a la empatía? ¿Pensaste que uno, como el refrán lo indica para el odio y el amor? ¡Aquí te voy a proponer uno más!

¡Vamos por el principio!

Hace un tiempo un sacerdote me enseñó que en nuestra relación con los otros hay diferentes escalas desde las que podemos analizar nuestra manera de servir a los demás. Y hoy quiero compartirlas contigo.

El primer escalón se sube cuando logramos vencer la apatía. Es decir, la indolencia, el sentimiento que no nos permite conmovernos o afectarnos por lo que le ocurre al otro.

Sin duda, tiene que mucho que ver con el egocentrismo, pues estamos tan concentrados en nosotros mismos, que todo lo que hacemos y a lo que le prestamos atención tiene que ver únicamente con nuestro pequeño mundo.

A primera vista, podemos juzgar que una persona apática es alguien egoísta que solo se ama a sí misma, pero cada vez me convenzo más que justamente es todo lo contrario. Como dice una frase muy sabia: nadie puede dar de lo que no tiene.

De tal suerte, que un corazón que no tiene suficiente amor para sí difícilmente puede ocuparse del otro y reconocer que además de sus problemas, hay otros que sufren y que tal vez necesitan de su ayuda.

Si alguno de nosotros se siente identificado con la apatía, lo primero que debemos hacer es cultivar el amor propio, pero no de cualquier manera. Si lo hacemos al estilo de Jesús, seremos capaces de crecer en la caridad y de proyectarla hacia los demás. Entonces, la invitación es a dejarnos llenar el corazón por el amor de Dios.

¿La empatía es suficiente?

Superada la apatía podemos ascender al siguiente escalón, pues amándonos somos capaces de ver en el otro a alguien que también es ocasión de amor. Entonces ya podríamos hablar de empatía, de reconocer al otro e identificarse con él e incluso llegar a ponerse en sus zapatos.

Sin embargo, aquí hay que prestar atención a un detalle, porque sin darnos cuenta podemos estar quedándonos en un paso muy común y humano: dar, esperando recompensa. Y algunos podremos preguntarnos, ¿no es normal que si somos buenas o buenos con alguien, esa persona nos retribuya con alguna expresión, bien sea material o de tipo sentimental?

Pues resulta que no necesariamente, es decir, no podemos condicionar nuestra entrega a lo que podamos recibir de los demás. Este camino nos puede generar frustración y desencanto si no obtenemos, aunque sea, un «gracias». Terminamos sintiéndonos cansados de dar y dar, porque a la larga no nos están reconociendo nada.

Incluso, servir de esta manera puede derivar en una relación de tipo transaccional, en la que si una de las partes no tiene nada que ofrecer, se pierde el interés en ayudar.

El modo cristiano de la empatía

Por esta razón, la empatía al estilo cristiano genera otro escalón más. Este escalón es el de la entrega desinteresada y absoluta. Para lograr subirlo es necesario que sea Dios quien habite en nuestro corazón, que nos llene totalmente de su presencia.

De este modo, no es relevante para nosotros si el otro nos corresponde o no con la misma intensidad, simplemente damos lo mejor de nosotros mismos, porque vemos en el otro el rostro de Jesús, lo reconocemos como hermano y como parte de nosotros mismos.No lo conseguiremos de la noche a la mañana. Esto requiere esfuerzo y, sobre todo, oración.

Si nos identificamos en el segundo escalón y queremos ir más allá, debemos pedir a Dios que nos fortalezca y sea Él que nos impulse a actuar. Siempre he pensado que es por esta razón que Jesús se apartaba a orar en silencio en la montaña. Para encontrarse con su Padre, llenarse de Él y así entregarse plenamente al servicio de los más necesitados.

Tener como centro a Dios es la clave. Jesús nunca pidió algo a cambio, Dios no nos deja de amar, a pesar de nuestro pecado. Su amor y entrega es incondicional y allí es a donde nosotros debemos llegar. Ante el cansancio debemos reparar nuestras fuerzas, nutrirnos no solo física sino espiritualmente.

No se trata de olvidarnos de nosotros mismos, sino de darnos y ofrecernos como una manera natural de expresar eso que llevamos dentro y que nos hace únicos. ¡Te invito a llevar tu servicio y amor a los demás a otro nivel!
Extraído de CatholicLink

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